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martes, 20 de julio de 2010

Un relato amplio como su protagonista

Jesús María, Vereda los Cristales,
Provincia de Vélez, Santander, Colombia.
Noviembre 1961

5:00 p.m.
Efraín González el héroe popular conservador de Santander y del occidente de Boyacá, famoso bandolero que juró vengar su huerfanía asesinando oficiales de alto rango del Ejército Nacional, el hombre más buscado en ese entonces por el aparato estatal; el mito, el luchador resentido, el campesino, el "siete colores", el asesino, comenzaba una más de sus burlas al estado.

Un destacamento del Ejército Nacional de Barbosa, Santander, rodeó en esa tarde de noviembre una casa campesina de tejas de barro rojas y paredes gruesas de adobe. Bajo el mando de un joven subteniente boyacense, 12 soldados se aprestaban a "dar de baja" a "Don Juan", como popularmente también se le conocía. Comenzó un cruce de fuego nutrido y constante; el ejército con fusiles 57 y Efraín, su primo Salvador y un tercero de identidad desconocida, respondían con munición de revolver calibre 38 largo, metralletas Madsen y fusiles oficiales raptados en alguna de las famosos emboscadas a la tropa. Durante casi toda la noche se repetía ese loop, ese compás incómodo de la pólvora. Esa agonía de dispararle a las sombras, al profundo azul que se come las balas sin devolver certidumbre. Eran dos bandos de fantasmas.

Llegado el amanecer, y a dos kilómetros de distancia aproximadamente, unas luces largas sin intensidad aparecieron cono candelillas, violando el aburrimiento de una batalla cansada. Acompañados de arengas políticas, cincuenta campesinos con linternas viejas aparecieron para proteger a su bandolero social. Tres mujeres valientes llegaron hasta la casa, y en la mitad del fuego cruzado, como escudos humanos, le dieron respiro a los 3 hombres que se negaban a morir. El joven oficial, de un grito seco, obligó a sus hombres a parar el fuego, descansar y llamar refuerzos.

8:30 a.m.
El Teniente Álvarez, del Batallón García Rovira de Pamplona, al mando de un pelotón de 55 hombres llega hasta el sitio de combate. El joven oficial y él acuerdan derrumbar la casa con artillería pesada. El subteniente acuerda con los bandoleros dejar salir a las mujeres en un tiempo no mayor a media hora. Ya los soldados nuevos habían creado un cerco y el apoyo campesino que se insinuó en la madrugada había desaparecido con la luz del día. La situación estaba controlada. Era bastante cómoda para el Ejército. Sólo el error de un soldado quebraría para siempre el equilibrio. Por nervios y ansiedad, mató de un tiro certero a una mujer que, por la reacción de las personas dentro de la casa, parecía ser la mujer de Efraín. La orquesta nuevamente afinaba.

Sin las mujeres adentro, con la furia, el dolor y la terquedad de los González al interior de la casa, con el recuerdo vivo de 36 oficiales muertos a manos del bandolero mayor, el Ejército y los tres hombres se debatiron a tiros nuevamente en un combate alimentado por el cansancio, la impotencia y la rabia. Con fuego pesado traído desde Bogotá la casa sintió la ventaja militar del estado. Durante toda la tarde, la confianza de los soldados en el curso de las acciones hacían presagiar un final casi inmediato. Pero la casa no caía, eran las 4 de la tarde, y ésta abrigada por el fuego aún resistía. Era increíble que esa choza campesina resistiera con mucha dignidad la fuerza del calor. No iba a ser una tarea fácil matar al hombre que se camuflaba como los 7 colores del arco iris, que convertido en armadillo se burlaba siempre de su destino ya escrito. El mito les devolvía a tiros sus dudas.

4:00 p.m.
El olor a pólvora, la tarde triste, los tiros interrumpidos enmarcarían para siempre uno de los recuerdos más profundos del joven subteniente. El teniente Álvarez se levantó de su trinchera y confiado por el silencio de la tarde caminó un par de pasos hasta un árbol grueso que se antojaba mejor como escudo. El fuego que se comía la casa, adormecía con sus sonidos. El oficial, de espaldas a ella, caminó un par de pasos más hasta que dos tiros quebraron su pecho y sus costillas . El subteniente había advertido a gritos a su oficial el peligro. Un último estertor quebró la tranquilidad del paisaje sinuoso de montañas jóvenes. Su cuerpo cayó boca abajo, cerca de los ojos del subteniente, pero a una distancia imposible de socorrer por las contradicciones mismas de la batalla. El Teniente Álvarez en un último intento de vida, y con todas las fuerzas de su cuerpo se voltió boca arriba, puso las manos en su pecho, las juntó mirando al cielo y como si fuese una imitación de un santo rezando, murió. Su comandante había muerto y robando una frase de William Ospina, se había ido a saludar a los ángeles. Ya eran 37 los oficiales muertos a manos de un hombre que el joven oficial empezaba a odiar.

12:00 p.m.
El subteniente arrastrándose llegó hasta la casa, la recorrió en su exterior con delicadeza y mucho sigilo, notó inmediatamente la ausencia de personas al interior. La choza siempre había estado rodeada, pero en las horas que el subteniente descansaba e iba a comer protegido detrás de una piedra, otros soldados que no eran de su confianza vigilaban el curso de los minutos, del fuego y de los tiros. Difícilmente Efraín podría escaparse.

8:00 a.m.
Por orden del mismo General, el subteniente recibió la orden de hacer una operación de asalto. Juntó sus 12 hombres de confianza y lleno de valor pero con algo de incredulidad, tomó la casa por sorpresa. El eco de una casa vacía, un pequeño campo de batalla abandonado y algunos rastros irrelevantes como testigos del fuego confirmó una vez más, otra humillación militar para el Ejército, Efraín González no estaba, había huído. Nadie vió nada. El cerco militar había fallado, y sólo un soldado preso de sus dudas esotéricas confirmó que había visto un gato negro escapar del fuego.

20 Días después
Valle de Tenza, Boyacá, Colombia
Noviembre de 1961

Efraín González caminaba tranquilo por las calles de un pequeño pueblo, fisícamente nadíe allí lo conocía. Era el mismo pueblo donde nació el joven subteniente que 20 días antes lo había perseguido. Coincidieron en una taberna, no se conocían mutuamente, pero Efraín por amigos comunes del oficial, sabía de su rango. El bandolero lo abarcó, le invitó una cerveza y le preguntó: teniente -así no lo fuera-, si usted supiera que Efraín González estuviera acá, qué haría?, -nada, contestó, el joven oficial, -estoy de vacaciones, pero eso sí, informaría al comando del Ejército en Bogotá. Efraín González, luego supo el subteniente, era ese pequeño campesino moreno que lo había invitado a tomarse una cerveza. Y que ese mismo día, por un camino cerca a Somondoco había desaparecido.

Sólo 4 años después, en una operación en la capital, con 1200 hombres, Efraín González, cayó muerto en el tejado de una casa de un barrio popular por la bala de un soldado. Cuando murió, un gato negro salió a recorrer los tejados de esas casas a medio construir.

El subteniente hoy es un Mayor retirado del Ejército y padre de 4 hijos, incluyéndome. Y son éstas las narraciones que queremos mantener vivas, y recordar así, bajo los ojos y los recuerdos de mi papá la historia de la violencia en Colombia y como todos, en mayor o menor medida hemos sido testigos, víctimas y directos responsables. Son historias de héroes anónimos y sin partidos. Hechos que evidencian que para llegar a la edad de mi papá es necesario que las circunstancias y muchas personas paulatinamente te vayan salvando la vida.

Bogotá 2009

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